Deseo del analista, transferencia y contratransferencia

Traigo aquí una cuestión que para los analistas lacanianos es condición sine qua non para pasar de analizante a analista (para pasar en el propio análisis de cada uno, eso que se llama el “pase clínico”, independientemente que luego se decida testimoniar de ello o no en ese dispositivo que tiene la Escuela y la mayoría de Escuelas lacanianas, que es el dispositivo del Pase): Es la cuestión nombrada por Lacan del deseo del analista. Pero, como he puesto en el título, la quiero vincular o contraponer (y/o?) a otro concepto, la llamada contratransferencia, porque precisamente es también fundamental para otros analistas no lacanianos, que generalmente pertenecen u orientan su formación y su trabajo dentro de la IPA, Asociación Internacional de Psicoanálisis, en cada una de sus ramas o suborientaciones, la kleiniana, la annafreudiana y la llamada Tradición Independiente (Winnicot, Balint, Byon y muchos más). Para ellos, lo veremos, la CT está ligada también al análisis del analista, así como para nosotros lo está el deseo del analista. Espero poder dar cuenta porqué los lacanianos no solemos usar ese significante, lo cual, lo digo de entrada, no significa no reconocer esos efectos que se describen y se nombran como contratransferenciales; para lo cual, también habré de traer la cuestión de la Transferencia como tal, y cómo esta sí se vincula al deseo del analista.

 

- La cuestión de la contratransferencia.               

Freud utilizó una sola vez este concepto y casi no lo desarrolló. En 1910 en “El porvenir
de la terapia psicoanalítica”, en un punto donde habla de las “innovaciones en el campo  
de la técnica”; allí dice que se le ha hecho visible la “contratransferencia que surge en el
médico, bajo el influjo del enfermo sobre su sentir inconsciente”. Propone reconocerla y
tratar de vencerla profundizando el analista en su autoanálisis; de lo contrario “es difícil que un analista llegue mucho más allá de lo que le permitan sus propios complejos y resistencias”. Propone la regla de la abstinencia: dejar de lado todo prejuicio, ideales, etc., y en otra parte propone una “neutralidad benevolente” del lado del analista.

En “El amor de transferencia” ya no la nombra como CT, pero previene al analista de
la posible respuesta al enamoramiento del paciente, efecto posible, dice de la transferencia (muy interesante!)

En “Análisis terminable e interminable” vuelve a prevenirlo de las idealizaciones respecto de la cura, del intento de acelerarla bajo la presión del paciente, y del furor curandi. Y no mucho más.

Sin embargo, durante y después de Freud, es decir, después de los años 20 y 30 y luego
a partir de los 50 con la instalación de la egopsycology en el ámbito de la IPA, y aún en
nuestros días, el concepto de contratransferencia tiene un gran peso en la teoría)

Hubo grandes autores de la contratransferencia como Balint (Siguiendo a Ferenczi): “Transferencia y contratransferencia”, 1939; Winnicot: “El odio en la contratransferencia” (caso Pieggle), 1949; M. Littie “Contratransferencia y las respuestas de los pacientes”, 1951, y muchos otros y sobre todo otras por las que Lacan se interesa, especialmente cómo tratan ellas la contratransferencia.

En general se suele definir la CT como: el conjunto de sentimientos, asociaciones, reacciones inconscientes, etc., producidos en el analista por su paciente. Algunos autores consideran que los fenómenos de CT deben ser utilizados en la cura, otros que deben ser eliminados. Algunos consideran que han de transmitírselos a los pacientes, otros que deben ser sólo reflexionados por ellos. Para algunos se trata de sentimientos, para otros (Sasz) de un trabajo de intelección muy ardua que debe realizar el analista. En realidad, como decía E. Porge “es una especie de cajón de sastre donde puede entrar cualquier cosa”.

¿Por qué tuvo y tiene tanto éxito este concepto? Si leemos los textos de Lacan de los años 50, él se ocupa del fuerte resurgimiento de esta cuestión, sobre todo en su Seminario I “Los escritos técnicos…”, y en sus escritos “Variantes de la cura tipo” de 1955 y en La dirección de la cura” de 1958. Aquí viene a decir que el interés de la CT se debió al retomo de la interpretación de preconsciente a preconsciente que había preconizado Ferenczi en los 20, donde el análisis se reduce a una relación dual, donde el analista tiene como ideal ser el espejo del paciente, en cuyo caso ha de preocuparse si lo que se refleja en ese espejo pertenece al paciente o al analista. En el esquema L, Lacan sitúa la CT en el eje imaginario a_a’. En la Dirección de la Cura habla de la CT como de un drama sentimental donde se privilegia la dimensión del yo, y donde se cree que hay reciprocidad de odio y amor.

Pero es en los Seminarios de la Transferencia (59/60) y de la Angustia (62/63) donde Lacan se ocupa durante varias clases (en la Angustia con la colaboración de algunos de sus alumnos) del impulso siempre renovado que la CT estaba también tomando en esos años (como si “no cesara de escribirse”…); y sobre todo se ocupa de los escritos de varios analistas sobre el tema (Paula Heimann y Roger Money-Kirley en La Transferencia y Margaret Little y Lucy Toser en La Angustia, entre otros) y ahora sí, en ambos Seminarios, vinculándola expresamente con la cuestión del deseo del analista, si bien aún no ha llegado a la cima de su conceptualización.

 

- La Contratransferencia en el Seminario de la Transferencia

Me ocuparé de cómo trata la cuestión de la CT en el Seminario de la Transferencia (Seminario de ACCEP), porque me parece la más explícita, la más clara y la más rica. Lo hace en el Cap. XIII “Crítica de la Contratransferencia”

Parte de una idea: Que la posición del Sujeto en el análisis está contenida en la idea del deseo como deseo del otro (esa idea tomada de la histeria, por donde el objeto del deseo siempre aparece en el campo del otro y que es fundamental para entender lo que pasa entre un analista y un analizante) Dice que los otros teóricos del análisis (los referenciados a la IPA) tampoco pueden salirse de esto… Quiere decir Lacan que es la estructura que insiste en cada uno… sólo que de eso no siempre se da cuenta… dicho en los sentidos de la frase. Por eso, dice que cuando esos analistas hablan de la Transferencia, también la plantean desde el lugar donde él trata de centrarla, que es: pensarla “del lado del analista” y no sólo del analizante. Pero cuando esos teóricos la abordan desde ese lugar, hablan de una contratransferencia. Y aquí Lacan recuerda lo que ellos dicen de la CT:

  1. Que se trata de todo lo Inconsciente del analista, que no ha sido analizado en su análisis didáctico. Y eso es considerado nocivo para su trabajo con el paciente. Piensan que si da respuestas no controladas, es que algo de él permanece “en la sombra”.
  2. El resultado: intervenciones fallidas o inoportunas o erradas…
  3. De ahí que se considere que hace falta un análisis didáctico llevado muy lejos.
  4. Algunos- dice Lacan- consideran que el éxito de una buena apercepción por parte del analista estaría en la “comunicación de los Inconscientes” (estilo Ferenczi). Lo cual para Lacan crearía una antinomia: por un lado se pide un analista ideal sin nada de inconsciente, porque todo lo habría develado en el didáctico. Y por otro lado que use una buena parte de su inconsciente (como un “inconsciente-reserva”) para comunicarse con su paciente…

Lacan no desestima todos estos efectos, efectos imaginarios, todos posibles en cualquier análisis, pero en este punto dice algo sumamente interesante: afirma que hay otra necesidad que es aún más legítima, y es “elucidar el punto de pasaje en el que esta cualificación es adquirida” (cualificación de analista-entiendo-), lo que anticipa sus posteriores desarrollos sobre el Pase. Y dirá también que para alcanzar eso del Ics. que es lo más inaccesible a la conciencia en el Didáctico, como proponen, sólo “es posible alcanzarlo, dando el rodeo del Otro”; es decir, en la transferencia, pasando por el lugar y el deseo del Otro. Lo dice también de otra manera: “Toda experiencia del Ics. se realiza en primer término como Ics. del Otro….Cualquier descubrimiento del Ics. propio se presenta como una traducción de otro Ics. De ahí- y es lo interesante para nuestro tema- que Lacan considera que no debería asombrar a los teóricos de la CT que un analista que, a través de su propio análisis, haya llevado muy lejos esta traducción (de su Ics. desde el Ics. de Otro), pueda continuarse en el plano de ese otro que también es su paciente. De modo que Lacan es absolutamente “comprensivo” respecto de todos esos fenómenos llamados contratransferenciales…

Los teóricos de la CT, dice Lacan, tiene el ideal de una apatía estoica (equivalente a la regla de la abstinencia freudiana), de permanecer insensible tanto a la seducción amorosa como a la pasión del odio en relación a su paciente. Siempre conseguido a través de su buena preparación como analistas. ¿Qué dice Lacan sobre esto? Algo también muy sugerente: Dice que “no por conocer su Ics. el analista queda liberado de sus “pasiones”, porque, dice, eso sería suponer que todo el poder del objeto sexual o de otro objeto capaz de provocar aversión, provienen sólo del inconsciente…o que todas las tendencias del Instinto o pulsión de vida deban ser identificadas con el Ics. Muy importante porque ya en esa época L nos insinúa algo que escapa al Ics., algo de la Pulsión que no es capturado por el Ics., es decir por el Lenguaje, en tanto es Lenguaje lo que estructura el Ics.

Entonces finalmente hace la pregunta: ¿Por qué, a pesar de lo dicho, a pesar de que sea legítimo que el analista sienta hostilidad por ese otro que es su paciente que a veces lo inoportuna con su presencia, o por el contrario- la ocasión se presta- sienta una atracción sexual… por qué sin embargo los analistas cumplen con esa apatía analítica?

La respuesta que da nos conduce al tema que vamos a desarrollar: “Si el analista realiza algo así como la imagen popular, o también deontológica de la apatía, es en la medida que está poseído por un deseo más fuerte que aquellos deseos de los que pudiera tratarse, a saber, el de ir a grano con su paciente, tomarlo en sus brazos o tirarlo por la ventana…A veces esto ocurre [aunque] no debe tomarse como corriente”. Y agrega, respecto del analista, que “en la economía de su deseo se ha producido una mutación”. Ese deseo más fuerte, unas líneas después es nombrado como “deseo del analista”. Aunque el concepto no esté aún formalizado en este seminario como unos años después, ya nos da una primera connotación clara: ese deseo, no es un deseo particular… como sería enamorarse u odiar a un paciente particular… porque esos deseos responderían a un determinado fantasma, particular, del analista… Ese deseo más fuerte, que parece provenir de una mutación del deseo de ese analista, parecería que debería ir más allá del Fantasma, lo cual indicaría esa mutación de la que habla (Es lo que veremos en el punto siguiente)

Pero antes, algunas cuestiones más sobre la llamada CT y su utilización. Lacan trae muchos ejemplos de la clínica de los teóricos de su época, y yo traigo un ejemplo de un analista contemporáneo, británico, ahora residente en Australia, Neville Symington. Leeré uno de los ejemplos de un artículo publicado en un texto “The Independent Tradition”, que es de esta orientación dentro de la IPA, publicado por la Asociación Británica de Psicoanálisis en 1983. Aquí no se leen las pasiones del odio o del amor, no explícitamente, pero sí esos otros estados que caracterizan a los analistas cuando se ocupan de esta forma de su CT, como son la identificación al paciente, generalmente a su fantasma,  por medio de lo que ellos llaman “introyección del objeto malo que el paciente les proyecta” y la culpa (traducido por mí para la ocasión):

EL ACTO DE LIBERTAD DEL ANALISTA COMO AGENTE DEL CAMBIO TERAPÉUTICO (The analyst’s act of freedom as agent of therapeutic change)
Neville Symington
(Del texto: “The Independent Tradition”, 1983, de la Asociación Británica de Psicoanálisis)

En este artículo intento explorar un fenómeno con el que están familiarizados todos los analistas. Primeramente lo describiré y luego examinaré cuales son sus implicaciones para la teoría. Me referiré a él como “fenómeno X”. Comenzaré con algún ejemplo clínico.

Yo le cobraba a Miss M un poco más de la mitad de lo que pagaban mis otros pacientes. Ella había sido una paciente clínica y yo solía lamentarme diciéndome por dentro: “Pobre Miss M, x libras es lo máximo que yo puedo cobrarle”

De hecho, yo no lo articulé así, tan claramente. En mi mente era como un hecho reconocido que cada uno sabe, como lo poco confiable del tiempo inglés. Fue parte de los aderezos de mi mente y me resigné a eso del mismo modo como me resigno a desgana al tiempo inglés. Por lo tanto el análisis discurrió con ese supuesto, como su concomitante incuestionado,  hasta que un día se me ocurrió una idea de repente: “¿Por qué  Miss M. no puede pagar lo mismo que mis otros pacientes?”

Luego yo recordé el resentimiento que ella expresaba frecuentemente hacia su jefe, que siempre la llamaba “pequeña Mary”. Una certeza comenzó a crecer en ni: que yo era prisionero de una ilusión sobre las capacidades de la paciente. Había estado amarrado a la auto percepción de la paciente y estaba comenzando a  desembarazarme de esto. Entonces yo traje a colación la cuestión de su pago y, en el curso de una discusión ella dijo: “Si tuviera que paga más, sé que lo haría” 

Con esto me hacía notar claramente que ella tenía la capacidad de pagar más, y que esto podía ser modificado si yo cambiaba mi actitud interna hacia ella. Algunas sesiones después le dije “Estuve pensando sobre nuestra discusión acerca del pago. Yo les cobro a la mayoría de mis pacientes X libras, y en nuestra discusión no he oído nada que me haga suponer que a Ud. No debería cobrarle lo mismo”.

Durante dos sesiones se quejó lastimosamente, pero después resolvió que tomaría el desafío. Pronto consiguió un trabajo con el cual ganaba un tercio más que en el anterior. En el cambio de trabajo se desprendió del tutelaje apadrinador de su jefe, que solía llamarla “pequeña Mary”. Ella pudo lograr esto porque primero había sido liberada de la actitud apadrinadora de su analista. Poco tiempo después, finalmente logró deshacerse de un novio parásito. Vuelvo a pensar que lo logró porque antes se había deshecho de un analista parásito. Estos dos eventos fueron seguidos de otros desarrollos favorables. Pienso que la fuente de estos cambios beneficiosos fue ese momento de libertad interna en el cual tuve ese pensamiento inesperado: “¿Por qué Miss M. no puede pagar lo mismo que mis otros pacientes?” Llamo a este acto de libertad interna: “Fenómeno X”

 

Lacan insiste en reconocer que estos fenómenos se pueden producir, pero no son, ni mucho menos lo esencial del análisis. Sin embargo, al final del capítulo propone, de varias maneras, la explicación de este fenómeno, teniendo en cuenta cosas que ya hemos dicho; vamos a tomar una de estas versiones:

Si nos situamos al comienzo de un tratamiento, vemos que el sujeto es introducido en el análisis como siendo “digno de interés”, para el analista, “es él por quienes estamos aquí”; hasta digno de amor, puede verse el paciente. Como si él fuera un erómenos (griego “amado”, y también “deseado”. Seminario de la Transferencia, El Banquete de Platón, fundamentalmente lo que ocurre entre Sócrates y Alcibíades) Pero, ese es el “efecto manifiesto”. Porque el “efecto latente”, aunque el sujeto no lo sepa es: que por estructura el deseo es deseo del Otro (se había dicho) y por lo tanto el objeto de deseo (agalma) se sitúa siempre en el campo del otro; del otro que es el analista, al que se supone poseedor del agalma, del tesoro que se desea. Pero, decíamos, si el analista tiene su interés por él, el se siente que es ese objeto del deseo del otro… Pero como el sujeto sólo puede desear el deseo del otro, sólo ansía el objeto que está en ese campo del Otro… y qué él confunde con su propio objeto… entonces de erómenos (amado/deseado) deviene erastés (amante/deseante), en sentido activo. Es decir que en ese momento analítico se produce lo que Lacan llama la Metáfora y hasta el milagro del amor, la producción del amor: que es la sustitución por la cual el amado se convierte en amante. Este es un momento analítico muy propicio porque el analizante deviene deseante, se abre al deseo… pero también convulsivo, que puede ser pasional, que implica totalmente al analista, que lo moviliza, porque se lo hace poseedor o depositario de ese objeto fundamental del “fantasma fundamental” del analizante. Pero eso, dice Lacan, no es nada más ni nada menos que la Transferencia y “la implicación necesaria del analista en la situación de Transferencia. Y, provoque lo que provoque en el analista eso no justifica hacer intervenir algo distinto de la misma Transferencia, como si eso fuera “la parte propia del analista”; ni siquiera ve necesario nombrar esos fenómenos como CT, como si fuera la imperfección que hay que purificar o “la parte culpable del analista”, (Ej. de Neville Symington: analista apadrinador, analista parásito, de lo cual lograría deshacerse por haber comprendido su CT =  Fenómeno X)

Vuelve a decirnos Lacan que lo que aquí debe planearse es la cuestión del “deseo del analista” y hasta cierto punto su “responsabilidad”… Yo diría la responsabilidad de poner las cosas en el lugar que le corresponden y de intentar saber cuál es ese deseo más fuerte, que no es el particular del analista. Entonces, voy a intentar decir algunas cosas sobre ese sintagma deseo del analista, no ya con la contratransferencia, sino vinculado a la Transferencia.

 

Primero algunos datos sobre:

- El devenir del concepto deseo del analista en la enseñanza de Lacan.

Este concepto progresa en paralelo a los avances sobre la estructura del deseo como tal y del objeto.

Antes de que aparezca el sintagma deseo del analista, hay en la enseñanza de Lacan una
búsqueda permanente de aquello que permite dirigir, hacer avanzar o concluir la cura.
Daré dos ejemplos:

En su escrito “El estadio del espejo como formador de la función del yo…”, 1949,
cuando para él el deseo es deseo de reconocimiento, al final de este escrito sin embargo
dice lo siguiente: “En el recurso, que nosotros preservamos, del sujeto al sujeto, el
psicoanálisis puede acompañarlo hasta el límite extático del ‘tú eres eso’, donde se le
revela la cifra de su destino mortal, pero no está en nuestro solo poder de practicantes el
conducirlo hasta ese momento en que empieza el verdadero viaje”. Podemos pensar que
si no depende sólo del poder del analista conducir al sujeto hasta ese final ¿Dependerá
del deseo y no de cualquier deseo? Eso aún no lo dice aquí sino muchos años después.
En otro momento, 1955/56, final del Seminario de La psicosis, Lacan ya ha introducido
la falta en el Otro por medio del significante fálico. Si hay Otro de la falta, hay Otro del
deseo. A partir del significante fálico ya no será tanto deseo de reconocimiento, sino
deseo de deseo (modalidad histérica del deseo como deseo del Otro). En este contexto
en el que hace una apuesta por el falo, por el significante, en el capítulo XXI se
pregunta por el analista y la cura. Y dice “La relación del significante y del significado
siempre fluida, siempre parece lista a deshacerse. El analista sabe, más que cualquier
otro, lo que esta dimensión tiene de inasible, y hasta que punto él mismo puede dudar
antes de lanzarse a ella. Aquí hay que dar un paso adelante, para dar a lo que está en
juego un sentido verdaderamente utilizable en nuestra experiencia”. Es decir, el deseo
del analista (no nombrado así) aquí tendría que ver con una opción por el significante en la cura, presidido por el significante fálico o significante del deseo como deseo del Otro.

Es en 1958, en “La dirección de la cura cuando aparece por primera vez el sintagma
“deseo del analista”, y esta vez vinculado a la Ética, y ya nunca más separado de ella,
ya que la experiencia psicoanalítica será una experiencia ética o no será. Y también
vinculado a los progresos a realizar en torno a la cuestión del deseo. “Está por
formularse una ética que integre las conquistas freudianas sobre el deseo, para poner en
la cúspide la cuestión del deseo del analista”.

En su Seminario IV/”E1 deseo y su interpretación” (1958/59) vuelve a nombrar el deseo
del analista como aquel deseo que debe conducir al sujeto hacia otro que no es el
analista (anticipa el triángulo de Sócrates señalándole a Alcibíades que no es él su deseo sino Agatón, del Seminario de La transferencia).

El Seminario de La ética (1959/60) es el cumplimiento de lo prometido el año anterior.
Aquí sitúa el deseo del analista como un “no ceder ante el deseo”, lo que, a nivel de la
cura se traduce por un lado en permitir que el sujeto advenga “allí donde eso era”; y por
otro en lo que es equivalente: conducir una cura hasta su final. Es decir que es un
principio ético que afecta las dos vertientes del deseo: deseo de saber y deseo en
relación al acto.

En “Observaciones sobre el informe de D. Lagache, 1960 avanza otros pasos. Dirá que
el sujeto, para realizarse como deseo debe reducir los ideales e ir más allá de las
identificaciones. Y que sólo el deseo del analista puede garantizar eso en la cura.
Es en el Seminario de la Transferencia, 1960/61, donde comienza a articular la
transferencia y el deseo del analista. Aquí descubre la naturaleza engañosa del amor y

del amor de transferencia, porque encubre el deseo.. Habla del deseo del analista como “pivote de la cura”, porque su función es provocar el pasaje del amor al deseo.

En 1962/63 en su Seminario de la Angustia el deseo del analista le preocupa mucho aunque no lo termina de cernir y vincula su progreso a la teorización sobre el deseo y sobre su objeto a minúscula.

Y ya estamos en 1964. Dos escritos “Posición del inconsciente” y “Del trieb de Freud y del deseo del analista” y finalmente el Seminario XI de Los cuatro conceptos…. De aquí a 1967  con la Proposición de octubre de 1967). En estos años y en estas obras, este concepto sí alcanzará la cúspide de su formalización. Estos son los textos en los que me baso para presentarles el segundo y último punto que es la articulación entre T y deseo del analista. Pero antes decir que a partir de 1967 el uso de este sintagma declina. En “El reverso del Psicoanálisis (1970) cuenta con un nuevo instrumento “el discurso del psicoanalista”. Pero en la Nota a los italianos (1974 se vuelve a traer como “un deseo de saber inédito” sobre la falta de relación sexual. Y dirá más “No hay analista a no ser que ese deseo le surja”

- Transferencia y/o deseo del analista

Aquí veremos por un lado al deseo del analista cómo opera en la cura, sobre todo en la
transferencia, y por otro lado cómo surge al final de una cura. ¿Quiere decir que lo
veremos del lado del analista y luego del lado del analizante? Si y no, porque si
surge, al final, ya no es más analizante, sino analista.

En “Del trieb de Freud y del deseo del analista” de 1964 Lacan dice que “En última instancia lo que opera en un análisis es el deseo del analista”. Desde el principio hasta el final. Pero ¿Cómo opera en la transferencia? Porque en un sentido transferencia y deseo del analista se oponen, y aquí  tendríamos que poner una “o” disyuntiva: o transferencia o deseo del analista, por ejemplo cuando Lacan dice en Los cuatro conceptos que: mientras “la T aparta la demanda de la pulsión”, como si fueran fuerzas contrapuestas y cada una tirara para su lado; en cambio el deseo del analista vuelve a juntarlas (se verá mejor).

Sin embargo, en el Cap. XII del mismo Seminario se decía que “La T es la puesta en
acto de la realidad del inconsciente”, y que esa realidad es la “realidad sexual”, que es
una verdad insostenible, entre otras cosas porque vehiculiza la castración y la muerte.
Entonces no es cualquier cosa lo que la T pone en acto… Y esto (la realidad sexual) no está alejado de la pulsión sino todo lo contrario. Lacan llama a esto “la pulsión de la realidad de inconsciente”. En este sentido deberíamos decir Transferencia y deseo del analista, no
porque sean equivalentes sino porque trabajarían solidariamente. Bien, a veces sí, a veces no.

Lo que hay que ver, es que en la T se dan dos vertientes: una significante y otra de objeto.
La vertiente del significante (se habla del significante de la T) es la primera en aparecer
en la cura, la que provoca su lanzamiento: es la del SSS, de las sucesivas demandas, del
despliegue de la cadena, los sueños, los lapsus: la época dorada del inconsciente.
También de la alienación significante al Otro. El analizante se somete a la regla
fundamental de la asociación libre y su inconsciente aparece como saber, pero
conectado a un Sujeto que lo encarna en primer término, el analista. La T está aquí en
una vía de repetición. Pero esto mismo que hace arrancar la cura se convierte en un
obstáculo por dos razones:

Primero, porque la pura repetición automática, la pura metonimia de los significantes sin que nada los detenga haría, nos dice Lacan, que la T y por lo tanto la cura fueran interminables.

Segundo obstáculo, porque si bien esta asociación libre con la suposición de saber va produciendo significaciones y efectos de sentido, lo único que se revela en todo esto es el Wunsch, el deseo inconsciente capturado en el Otro (deseo del otro). Pero en cambio, lo que causa este deseo permanece oculto porque eso escapa a la dialéctica de la alienación significante, ya que su trama no es toda significante. En esta vertiente la T se opone al deseo del analista (que sería hacer brotar esa causa). Aquí la T aparece separando la D de la pulsión, o separando la D de la realidad sexual, lo cual es equivalente; Aquí la T hace como si la D fuera D de algo que el analista es o tiene (pecho, caca…) en lugar de ser lo que es: D vacía del ser que no se tiene. Aquí entonces la T aparta la D de la pulsión que en verdad es pulsión de un objeto vacío; y la dirige a la Identificación o al amor (aquí pueden darse todos los fenómenos descriptos en el punto anterior, de pasiones transferenciales o contratransferenciales…)

Pero si el deseo del analista está allí en esa cura, podrá ese analista conducir la misma T a un cambio de vertiente, es decir, hará que en ese lazo entre analizante y analista se
introduzca el objeto, lo que no es todo significante. Eso sería posible si el analista en primer lugar consigue salirse, desplazar el SSS desde su persona, al menos hacia elinconsciente como tal (es decir que el analizante pueda admitir que si alguien sabe alguna cosa, es su  inconsciente). Así el analista se desmarcaría, al menos durante algunos momentos cruciales, de ese lugar del Otro como saber donde lo había colocado el analizante.

Hay dos hitos en ese desplazamiento del SSS de la persona del analista hacía otro lugar.
Pero ya veremos como cada uno se convierte en un nuevo obstáculo para la cura (Todo
el tiempo se están venciendo y creando obstáculos y paradojas en la dirección de una cura).

Primer hito, cuando en medio del despliegue inconsciente, irrumpe de pronto el analista
como una presencia, dice Lacan, y ajena al saber. También aquí aparece el amor. Pero en ese momento ya no se trata de lo que sabe (incluso en el Seminario de la T dice que el amor también se despierta porque el analista no sabe lo que el analizante desea… lo que hace que el Sujeto se pregunte: si no sabe lo que deseo ¿Qué es lo que quiere de mi? Y el suponer que quiere su mismo objeto, su agalma, convoca el amor… lo hemos visto). Ya no importa lo que sabe, sino su presencia, que él está ahí, y el sujeto sólo quiere serle amable.

Posiblemente viene el silencio y el cierre del inconsciente que traba la asociación libre. Este es un punto en que la T (como amor) aparece como resistencia. Momento entre  imaginario y  real, también favorable para la aparición de los fenómenos que describíamos en el punto anterior. Podría llevar a la suspensión del análisis. O, por el contrario,  podrían caber nuevas maniobras si el deseo del analista siguiera operando. Y sería: aprovechar ese amor de transferencia; ya que el amor lleva al paciente a trasladar sobre el analista el objeto que es causa de su deseo (el suyo particular) y creer que el analista es amado porque él lo contiene, ese agalma, ese tesoro que Alcibíades atribuía a Sócrates. Sin embargo este es un nuevo engaño. Salvo que el analista pueda volver a desviar esa causa fuera de él. Mostrar que hay causa del deseo, pero es otra cosa, que no es el analista, que el analista sólo se ha prestado durante un tiempo a encarnarla, a hacerle de semblante, como dice Lacan. Es decir, se estaría reconduciendo la T hacia la vertiente del objeto, de un objeto que no estaría entonces en la persona del analista; y se estaría haciendo pasar del amor al deseo.

El otro hito por el que se desplaza el SSS de la persona del analista hacia otro lugar, es
el momento en que al haber movilizado el inconsciente, el síntoma se ha levantado o se
ha modificado (entonces, era en el síntoma donde había un saber…) Pero recordemos que los síntomas son reductos de ese goce que fue interdicto, como pequeños islotes donde algo del goce que no es posible se conserva, lo suficiente como para que el sujeto deniegue un poco la castración. Por eso no suele querer renunciar a su síntoma, y puede oponer al saber inconsciente que ha atentado contra él, la llamada por Freud “reacción terapéutica negativa”, ligada a la pulsión de muerte y al masoquismo primario, es decir al goce. Aquí también el material inconsciente, asociativo, puede quedar interrumpido. Pero utilizando esto, también podría relanzarse la cura si el deseo del analista consigue hacer surgir otra vez, en la transferencia y en la cura, un material distinto a la repetición significante que el sujeto se encuentra ahora rechazando, y que es nuevamente algo del orden del objeto.

Como vemos, eso que es el deseo del analista como operador está permanentemente
ligado a las paradojas de la transferencia, tratando de mantener esa tensión y esa
pulsación constante entre apertura y cierre del inconsciente, aunque siempre apuntando
hacia el objeto, ya que el objeto a es la causa del deseo y es lo que traza el camino al
deseo del analista que para Lacan coincide con el fin del análisis.

Pero ¿Qué es eso que determina el fin del análisis? Freud se lo plantea en “Análisis
terminable e interminable” y dice que es en la castración donde se juega la salida de la
cura: en su aceptación o en su rechazo. Pero al mismo tiempo ve en esto un impasse, una “roca viva”. Porque, como hemos visto, el sujeto prefiere a veces tolerar el síntoma antes que aceptar la castración. Y porque puede que el paciente se niegue a abandonar al analista; diríamos que quiere mantener a toda costa el SSS que le garantiza ese deslizamiento interminable sin tropezar con nada de otro orden. Así, la cura se haría interminable.

Por otra parte recordemos que para Freud el deseo nace de la castración, de la ley del padre que prohíbe a la madre. Pero Lacan da en eso un paso más: ve que un deseo nacido de la castración, o tratado en la cura sólo desde ahí, finalmente es un deseo idealizado que busca la identificación y el amor (que es lo que buscaría el niño del padre a la salida del Edipo); pero no le haría saber nada al sujeto de la verdadera causa de su deseo (más bien le haría suponer que la causa es el Nombre del Padre); ni tampoco le hace saber del goce que está implicado en esa causa, que no es un artificio (como sí lo es el N de P), sino una causa real.

Esta causa real del deseo es con la que operaría el analista durante todo el análisis, como se ha visto (tratando siempre de dialectizar la Transferencia), pero más decididamente, (con un deseo decidido), si se llega al final. Esta causa es lo que Lacan llamó, y en esta época sí formalizó, a como lugar vacío. Vacío porque durante el análisis se le habrá ido despojando de los semblantes, representantes, “objetos parciales”, identificaciones y recubrimientos posibles, con los que el sujeto intentó llenar este agujero que quedó… ¿cuándo? Cuando el Sujeto se barró al entrar en el lenguaje, cuando el Otro lo perdió a él como objeto, cuando la madre apareció castrada sin niño- falo, cuando finalmente le apareció la falta de relación sexual o el menos del goce esperado, etc.; se puede decir de muchas maneras. Si el sujeto desea es porque hay ese vacío y tiende él; porque supone- pero sólo supone- que allí hubo un goce o “experiencia de satisfacción” (Al final quizá sepa que nunca lo hubo…)

Cuando esa división se produjo en el sujeto, este se alió con el más particular de sus objetos que fabricó con alguna condición de goce, e intentó de alguna manera rellenar ese vacío; y así armó su fantasma, eso que ya Lacan había nombrado Fantasma Fundamental. Según lo que Lacan teoriza como final del análisis en esos años en que formaliza el deseo del analista (64 y 67), sería de este orden: cuando ese objeto “relleno” se vuelve a vaciar al final de un análisis, el fantasma queda atravesado; es decir, el sujeto queda destituido (sin el sostén de su fantasma…), el agalma que ha creído ver en su analista (que no era otra cosa que su propio objeto), ya no tiene más razón des-ser… cae en el des-ser, y el hasta ahora analizante y nuevo analista ve que lo que él demandaba o hablaba en el análisis (la Demanda) va a desembocar en ese lugar vacío de la pulsión; y desde ahí va a operar con otros sujetos; es decir, el deseo del analista ahora está en ese analizante que ha devenido analista.

Sobre esto quiero decir dos cosas: 1- No es que esto que se ha descrito se cumpla de la manera exacta como se ha dicho. Es sólo una manera de sistematizar algo, teniendo en cuenta una estructura, que luego se articulará de una u otra forma según las particularidades de los sujetos que lleguen hasta el final de su análisis y devengan analistas. Pero algunas de estas cuestiones sí se escucharán o se tomarán en cuenta cuando se intente testimoniar de los análisis acabados desde el dispositivo del pase. También cada analista que haya conducido un análisis hasta el final, se presente o no su paciente al pase, incluso devenga o no analista, sabe hasta qué punto estas cuestiones se ponen en juego, y cuáles son sus límites en cada caso. Y 2- Como se ha dicho, hemos visto la cuestión del deseo del analista en relación al final del análisis desde los desarrollos de Lacan entre 1964 y 1967. Pero sabemos que se contemplan otras formas de terminar un análisis con producción de analista, como es que en el final se de una identificación al síntoma que habrá quedado como un rasgo, como una letra, como Nombre del sujeto; y que pertenece a los desarrollos que hace Lacan después de los 70 con el Nudo Borromeo. Incluso ese final de análisis que desde el Prefacio a la Edición inglesa de los Escritos, de 1976, Lacan parece postular como un paso del Ics Lenguaje a un Ics Real, con una especie de  “experiencia de satisfacción” que acompañaría este pasaje. Y aquí también L se estaría preguntando por ese deseo, pero lo hace sin nombrarlo como deseo del analista, sino de una forma singular (difícil!): habla de “otra razón que los impulsa a instalarse” (como analistas, luego de su análisis), otra distinta del dinero: “siendo la urgencia de dar esta satisfacción [“que marca el final del análisis”], interroguemos cómo alguien puede consagrarse a satisfacer esos casos de urgencia” Entiendo que aquí el deseo del analista sería deseo de dar o llevar al analizante a esa satisfacción del final (que a su vez ese analizante la desearía con urgencia), de ver que su verdad era “verdad mentirosa” (construida), y de vislumbrar esa otra dimensión- real- del Inconsciente.

No lo desarrollo aquí porque me he limitado a la formalización del deseo del analista, que se da en ese intervalo de tiempo que hemos tomado. Por otra parte, pienso que la identificación a un resto y a una escritura del síntoma, y el asomo al final de una modalidad del Ics como apareciendo cuando se agotan las asociaciones, los lapsus o los sueños, no sólo no se oponen, sino que deberían poder articularse a la cuestión del atravesamiento del fantasma que hace advenir el deseo del analista. Pero eso lo dejo para que lo hagan otros colegas, si lo desean.

Inés Rosales